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Fragmento de la obra
El criado entró con una bandejilla, y en ella una tarjeta.
—¡Ah! ¿Este señor? Que pase.
Tres minutos después, el visitante se inclinaba ante Irene. Pero ella, irónica y afectuosa, le rió con los ojos:
—Nada de cumplidos. Creo que nos conocemos bastante, perdulario.
Era él un hombre aún joven, como de treinta y seis a treinta y ocho años, con ligeros toques de blanco en la oscura cabellera, peinada a la última moda, de un modo sobrio y recogido.
El cuerpo gallardo, la cara simpática, morena y expresiva, sin hacer del visitante un Adonis, le incluían entre los tipos que atraen a primera vista y explican cualquier desvarío amoroso.
Irene le indicó a su lado una silla.
—¡Qué guapa estás! ¡Más que nunca! —murmuró él.
Y envalentonado por la buena acogida, trató de apoderarse de una mano de la dama. Ella, sin esquivez, la retiró, diciendo:
—Hablemos formalmente, ¿eh?
—¿A qué llamas hablar formalmente?
Fragmento de la obra
El criado entró con una bandejilla, y en ella una tarjeta.
—¡Ah! ¿Este señor? Que pase.
Tres minutos después, el visitante se inclinaba ante Irene. Pero ella, irónica y afectuosa, le rió con los ojos:
—Nada de cumplidos. Creo que nos conocemos bastante, perdulario.
Era él un hombre aún joven, como de treinta y seis a treinta y ocho años, con ligeros toques de blanco en la oscura cabellera, peinada a la última moda, de un modo sobrio y recogido.
El cuerpo gallardo, la cara simpática, morena y expresiva, sin hacer del visitante un Adonis, le incluían entre los tipos que atraen a primera vista y explican cualquier desvarío amoroso.
Irene le indicó a su lado una silla.
—¡Qué guapa estás! ¡Más que nunca! —murmuró él.
Y envalentonado por la buena acogida, trató de apoderarse de una mano de la dama. Ella, sin esquivez, la retiró, diciendo:
—Hablemos formalmente, ¿eh?
—¿A qué llamas hablar formalmente?


















